El fin de los partidos

Argentina, país extraño si los hay. País con muchas riquezas, pero mal repartidas. País pionero en producción científica de la región… pero sus científicos están desperdigados por todo el mundo. País de una enorme extención, pero con una de las menores densidades poblacionales del mundo. Y en estos tiempos podemos sumarle una ridiculez más: país sín partidos políticos.

A secas parecería una bendición. ¿Qué ciudadano no está harto de esas viejas maquinarias lavadoras de cerebro, inútiles como pocas? Lamentablemente no sabemos si es mejor el remedio a la enfermedad. Es que resulta que desde nuestro querido innombrable, los argentinos tenemos que sufrir un proceso de división, incluso dentro de la misma corriente ideológica.

Pasaron los noventas y con ellos, un período de brillo aparente. Fue en el 2001 cuando nos dimos cuenta que semejante bienestar era sólo superficial, y que el reluciente espejo donde nos mirábamos estalló para mostrarnos qué era lo que había del otro lado. Y la crisis no fue sólo económica o social, también fue política. La valiente clase media se alzó con sus potentes cacerolas a pedir por su dinero (¿qué otra cosa podría movilizarlas sino?) para pedir “que se vayan todos”. Se fueron sí, pero sólo el presidente y su familia. Los demás quedaron todos. ¡Para qué! En menos de dos semanas se sucedieron cinco presidentes distintos, algo que sín temor podría afirmar, es un récord histórico. Finalmente asumió quien había perdido las elecciones presidenciales hacía casi 3 años, cumpliendo finalmente su ansiado sueño de sentarse en el sillón presidencial. Y allí empezaron los problemas.

En el 2002 se avecinaban las elecciones y el presidente quería imponer a su candidato, un desconocido pingüino del sur. Es que claro, del lado de en frente estaba el innombrable, su anterior maestro, con quien compartía el poder ejecutivo como vice-presidente. Llegaron las elecciones y el pueblo no podía estar más disconforme con la política local. Ni los políticos con sus partidos. Dentro del peronismo (alias “justicialismo”) habían 3 diferentes candidatos: el pingüino, un presidente interino y el innombrable. Cusiosamente, y a pesar de haber estallado el espejo del que muchos no se asomaban, el ganador fue el innombrable. Una cuarta parte del país lo había votado, pero no era suficiente para ganar el ballotage, y así es como renunció a su candidatura, dejando a un vapuleado pingüino como ganador.

Pero nadie suponía que este pingüino podría alzarse rápidamente mediante una serie de demagógicas, aunque acertadas medidas y finalmente, repetir la historia: traicionar a su maestro. ¿Mientras tanto, en las provincias qué sucedía? Una serie de gobernadores, ansiosos de poder y de mayores partidas presupuestarias, se dieron vuelta cual panqueques y lo impensable, como ver a un radical junto a un peronista sucedió: nacía el radiKalismo (también llamado como “radicalismo ka”, “radicalismo kirchnerista”…). El justicialismo seguía dividido.

Pasaron los años, los dólares, las cacerolas, las valijas y llegó el 2007. Así como su maestro le había enseñado, perpetuarse en el poder no hacía bien a la imagen pública, por lo que el pingüino decidió sumarse a la movida internacional y puso de candidata a su mujer. ¿Y los demás? Resultó que no hay “demás”. La oposición pasó a ser un chiste, diarios anti-oficialistas, también la criticaron por su falta de capacidad para fortalecerse. Actualmente tenemos a una señora espiritual, a un bulldog bien atado, a un represor, a un caudillo y a un ex ministro de economía que va con los radicales (que dicho sea de paso, jamás terminaron un mandato presidencial).

Entonces, cuando un argentino se pregunta hoy en día “¿A qué partido voto?”, en realidad debería preguntarse “¿A quién voto?” pues, señoras y señores, los partidos políticos ya no existen: hoy en día son sólo políticos.

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