La impunidad de los trapitos

Cronista.comRecién leía en Infobae acerca de la indignación de un ciudadano respecto de la estafa de los cuidacoches. Para aquellos que no viven en el país, cuidacoches o trapitos (porque siempre tienen un trapito en la mano) son personas que te cuidan el coche en la calle. No tan amablemente, generalmente se creen en su derecho de cobrarte ilegalmente el estacionamiento en la vía pública, simplemente “por estar ahí”, cuidando tu auto. Claro que si no les pagás, te tenés que atener a las consecuencias, que pueden ir de la rotura de un vidrio a un rayón en la chapa.

Mi última experiencia con uno de ellos no fue muy grata. No suelo ir a la facultad en auto porque me gusta el transporte público (el 65, en particular), contamina y gasta menos. Pero básicamente porque el tránsito en la ciudad de Buenos Aires es un verdadero infierno. No al estilo DF, que está siempre congestionado y contaminado (aunque vamos en camino a éso), sino por la mala manera en que manejamos los porteños.

La semana pasada estaba haciendo unos trámites y aproveché para llevar el auto. No lo estacioné en la cuadra de la facu porque siempre hay algún cuidacoches. Por suerte la zona (Parque Centenario) no es tan poblada y estos sujetos no se ven tan frecuentemente como en otros barrios de la ciudad. Así que lo estacioné a la vuelta. ¡Para qué! Ví aproximarse a uno de esos sujetos, pero ya había estacionado y era muy tarde. Resignado, bajé del auto y chequeé a ver si tenía algo de plata. Un billete de $10. ¡Maldición! Nada de cambio. Entonces con la mejor cara le digo “No tengo cambio, si querés ahora pido cambio y a la vuelta te pago”, sabiendo que a la vuelta probablemente no estaría, a lo que me respondió que no me preocupara, que él me proveía de cambio. Eran las 19 hs y no tenía ganas de gastar plata para tener cambio para este tipo. “Bueno, pero vas a estar para cuando vuelva, ¿no?”. “Sí, despreocupate, papá” (sic).

Le dí mis $10 y sacó su billetera. ¡Desbordaba en billetes! No exagero, y lo peor es que no era todo cambio, habían varios de alta denominación (obvio, ¡si ganan más que un maestro!). Mi bronca se incrementó cuando me devolvió $8. Hice obvio mi fastidio y me dijo que no me preocupe, que le iba a dar una lavadita al vidrio delantero que, sinceramente, aún estaba hecho una mugre de mi último viaje a Pinamar.

Cuatro horas después, había salido de la facultad, el tipo se había ido y el vidrio aún era una mugre. Puteé en varios idiomas y perjuré no volver con el auto a la facultad, o al menos no estacionarlo cerca.